martes, 5 de febrero de 2013

Así comienza todo.

Y entonces, una mañana te levantas y ves que la vida pasa. Te das cuenta de que tienes 18 años, sigues en el instituto, ha pasado la mitad de tu juventud y tu vida aún no se parece en nada a lo que quieres que sea en un futuro. Y te paras a pensar. Y empiezas a echar cuentas entre los "te quiero" que dijiste y los que te quedan, restas los "para siempre" que se quedaron en "para un rato", divides los amigos que tuviste entre los que te quedan, sumas alegrías, restas penas, problemas, discusiones, adioses y "hasta luego" que nunca volvieron... Y el resultado es darte cuenta de que aún no has hecho nada importante con tu vida, que lo único que has hecho ha sido restar, llevar una vida vacía, la cual ni si quiera has llevado tú, sino que te ha sido dada, y te han dicho qué hacer y qué decir a cada paso que dabas. Y de pronto te enfadas, te molestas contigo mismo, y haces alguna estupidez, alguna locura. Quizá te hagas algún tatuaje o un piercing, quizá te tiñas el pelo o te hagas un corte rarísimo. Alomejor te vistes de negro y te pintas los ojos. Quizá rompas algunas fotos de gente que te abandonó. Alomejor, incluso, te permitas odiarlos por un rato, por dejarte solo en el peor momento, por irse sin despedirse, por no darte explicación alguna. Y quizá te odies a ti mismo por no olvidarles nunca. Y después de esa tormenta, calma. Aparente calma. Te miras al espejo y no ves lo mismo que ayer. Te miras al espejo y sonríes, porque sabes que has empezado a vivir y ya nadie te puede parar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario