Despertó aquella mañana el sol tranquilo, parecía no tener prisa por arrancarla los sueños. Ella se levantó a todo correr, llegaba tarde otra vez. Antes de lanzarse al mar a nadar contra corriente un día más, guardó bajo la almohada sus sueños con cuidado. Eran lo único valioso que tenía en la vida, lo único que la daba identidad, lo único que la diferenciaba de todos aquellos contra los que nadaba día tras día, acabando agotada y sin encontrar la meta ni saber a dónde iba. No podía permitirse perderlos ni dejar que se rompieran. Pero ese día el sol llegó tarde y ella decidió dejar que la mecieran las olas. Estaba cansada de nadar, cansada de personas manufacturadas, de sentimientos envasados al vacío. Pero al mar no le gustó la idea y enfureció, embistiendo contra ella. Alzó sus olas al cielo en forma de amenaza, pero ella ni se inmutó. La habían robado tanto en la vida que habían acabado robándola el miedo. Y en mitad de aquella tormenta, ella, cansada de nadar, decidió dejarse llevar. Estuvo a punto de morir ahogada varias veces, perdió el rumbo, e incluso perdió de vista al sol. Se quedó tumbada, flotando, mirando al cielo, a solas con la Luna, haciéndose confesiones. Parecía no acabar nunca esa noche tan oscura, que la envolvía y devoraba por dentro poco a poco. Y de pronto, un disparo, el cielo negro envuelto en llamas. Echó a correr sin rumbo hasta que sus pies no aguantaron más, pero seguía escuchando los disparos a su espalda. Tras varios tropiezos, ya sin fuerzas para levantar, comprendió que no tenía a dónde ir, y que nada la quedaba ya por perder. Levantó por última vez y encaminó sus pasos hacia aquellos disparos, donde el cielo aquella noche era de un rojo intenso. Decidió que quería morir viendo algo hermoso. Y entre tanto ruido, tanta pérdida, tanta libertad negada y tantos sueños, inútiles bajo la almohada, unos ojos, una sonrisa que no juzgaba. Sin darse cuenta se vio arrastrada en un baile de pieles desnudas que no habían sentido en su vida más que frío, y que bajo ese manto negro hoy ardían. Todo a su alrededor había dejado de tener sentido. Sus sueños se mecían al compás de esas manos que cerraban sus heridas al tocarla, y tenía miedo. Miedo a que sus sueños perdieran el ritmo y se precipitaran al vacío rompiéndose en mil pedazos, miedo a no saber volver, miedo a perderse, miedo a esos ojos que no apartaban la mirada. Pero, ¿acaso no es cierto que no tuvo miedo en mitad de la tormenta? Ella no pertenecía a ningún lugar, no podía volver, ni podía perderse. Cerró los ojos y entregó a aquella sonrisa todos sus sueños, sus dudas, temores, le entregó su vida, se entregó por completo, y sintió cómo el frío desaparecía, junto con todo lo demás, en mitad de aquella noche. Parecía que no quería dejar nada sin engullir, incluyéndola a ella..
Al fin abrió los ojos. Aún era de noche. Aquella pesadilla la había desvelado. Levantó la almohada con cuidado para comprobar que sus sueños dormían donde siempre. Nada. No estaban. Habían desaparecido. La empezó a faltar el aire, el pánico se apoderó de ella, los disparos y el cielo en llamas volvieron a su mente, y un grito se ahogó en su garganta.
En ese momento recordó la Luna, la tranquilidad que sintió con ella, flotando en el mar sin rumbo. Y solo entonces sintió una respiración en la nuca. Se giró y ahí estaba, esa sonrisa que no juzgaba, esos ojos que la atraparon, esas manos, culpables de las caricias que curaron sus heridas, incluso las aún sangrantes. Había estado ahí toda su vida. Miró el reloj. El sol llegaba tarde otra vez.
- Tranquilo, hoy no tengas prisa, no me pienso levantar.
No es gran cosa, solo es un blog de sentimientos, recuerdos y de historias maravillosas. Bienvenidos a mi pequeño mundo.
miércoles, 14 de mayo de 2014
lunes, 7 de abril de 2014
De vuelta al mundo.
Él era como una brisa de verano, y fue el que la sacó de aquel invierno.
Ella no había podido olvidarle, fue su regalo de Reyes. A penas estuvieron unas horas juntos, pero se le coló dentro: sabía que él era 'la persona' y que no le iba a olvidar. Dicen que cuando llega lo sabes, y ella lo supo desde el momento en el que sus miradas chocaron.
Tuieron que pasar dos meses para que volviesen a verse, y otra vez la misma sensación. Le conocía desde siempre, estaba segura.
Con cada día juntos le redescubría de nuevo, la vida se simplificó a él y al tiempo hasta volver a verle. Todo lo demás había pasado a un segundo plano.
Amaba pasearse por su piel tintada con las yemas desnudas de sus dedos, suave, despacio, como si fueran heridas abiertas, con cuidado, con temor a hacerle daño. Amaba el sonido de su voz, la había declarado banda sonora de su felicidad. En sus ojos de espejo cóncavo se veía extraña, pequeña, imperfecta. Pero él la quería, y con eso la bastaba. Él era su siempre.
Ella no había podido olvidarle, fue su regalo de Reyes. A penas estuvieron unas horas juntos, pero se le coló dentro: sabía que él era 'la persona' y que no le iba a olvidar. Dicen que cuando llega lo sabes, y ella lo supo desde el momento en el que sus miradas chocaron.
Tuieron que pasar dos meses para que volviesen a verse, y otra vez la misma sensación. Le conocía desde siempre, estaba segura.
Con cada día juntos le redescubría de nuevo, la vida se simplificó a él y al tiempo hasta volver a verle. Todo lo demás había pasado a un segundo plano.
Amaba pasearse por su piel tintada con las yemas desnudas de sus dedos, suave, despacio, como si fueran heridas abiertas, con cuidado, con temor a hacerle daño. Amaba el sonido de su voz, la había declarado banda sonora de su felicidad. En sus ojos de espejo cóncavo se veía extraña, pequeña, imperfecta. Pero él la quería, y con eso la bastaba. Él era su siempre.
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