Él era como una brisa de verano, y fue el que la sacó de aquel invierno.
Ella no había podido olvidarle, fue su regalo de Reyes. A penas estuvieron unas horas juntos, pero se le coló dentro: sabía que él era 'la persona' y que no le iba a olvidar. Dicen que cuando llega lo sabes, y ella lo supo desde el momento en el que sus miradas chocaron.
Tuieron que pasar dos meses para que volviesen a verse, y otra vez la misma sensación. Le conocía desde siempre, estaba segura.
Con cada día juntos le redescubría de nuevo, la vida se simplificó a él y al tiempo hasta volver a verle. Todo lo demás había pasado a un segundo plano.
Amaba pasearse por su piel tintada con las yemas desnudas de sus dedos, suave, despacio, como si fueran heridas abiertas, con cuidado, con temor a hacerle daño. Amaba el sonido de su voz, la había declarado banda sonora de su felicidad. En sus ojos de espejo cóncavo se veía extraña, pequeña, imperfecta. Pero él la quería, y con eso la bastaba. Él era su siempre.
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