+¡Príncipe!
Se despertó en mitad de la noche. Miró el reloj: las cinco en punto. Aún la quedaban un par de horas para que tuviera que levantarse, aunque la daba la sensación de que ya no conseguiría volver a dormir. Había soñado con aquel extraño. Soñaba que se le volvía a encontrar en el mismo lugar. Pero esta vez, en vez de agachar la cabeza cuando él la miraba, le miraba a los ojos. Y veía algo muy extraño.. demasiado.. Vio en sus ojos a su príncipe, a su príncipe gritando, pidiendo auxilio. Y entonces despertó. Comenzó a dar vueltas por su habitación. La entró rabia, desesperación. No sabía que hacer. Parecía un león enjaulado. Comenzó a quitar todo lo que había en sus paredes, hasta dejarlas desnudas. Acto seguido bajó, y se fue con todo lo que acababa de despegar hasta el bosque. Allí, lo quemó. Al volver, cogió un rotulador y comenzó a escribir frases en sus paredes, a hacer dibujos de todos aquellos recuerdos que aún conservaba. En un cuaderno hizo miles de bocetos del rostro de su príncipe, pero no lograba recordarlo. Pasadas unas horas, cada página estaba llena con un nuevo intento fallido. Ni si quiera logró esclarecer un poco más de sus rasgos.
+Esto es lo que soy. Soy los restos de un sueño que con el tiempo se va olvidando. Ahora solo quedo yo...
Decidió empezar a escribir. Contó todo, desde principio a fin, con todo lujo de detalles. Contó cada momento, cada segundo, y se estrujó el cerebro para ello, puesto que, cuanto más escribiera, menos olvidaría. Estaba tan volcada con esta nueva tarea que olvidó por completo los horarios, y a las tantas se durmió, olvidando todo aquello que tenía por hacer en La Terrible Ciudad.
Después de un par de horas, alguien llamó a la puerta. La princesa no lo oyó, ya que seguía dormida. El ángel entró en la habitación. Se asustó un poco al encontrarse con aquel panorama, de papeles arrugados y dibujos sin acabar, de tanta frase y tanto sueño plasmado en las paredes. Y la princesa, tirada en mitad de todo aquel huracán de recuerdos. La despertó suavemente. Cuando terminó de desperezarse, la princesa empezó a ponerse nerviosa, y le contó todo lo sucedido al ángel, incluyendo el por qué había tomado esa decisión y cómo lo pensaba hacer.
-Estoy orgulloso de ti, princesa. Has logrado romper el hechizo de La Terrible Ciudad que te vendaba los ojos.
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